Mariquilla López-Bachiller decidió transformar una intuición creativa en un proyecto único: convertir los juegos de feria de toda la vida en experiencias que conectan a las personas y despiertan la alegría de sentirse niños otra vez. Con @tombolamariquilla ha creado algo más que un negocio: una forma de repartir felicidad en cada celebración.

¿A quién van dirigidas?
@tombolamariquilla nace con una idea muy clara: transformar cualquier celebración en una experiencia inesperada que nadie olvida. Recreamos una auténtica feria tradicional, como las de antes, con casetas de juegos como la pesca de patos, el juego de la rana, dianas o desafíos de habilidad que despiertan recuerdos de infancia.
En un momento en el que la tecnología ocupa gran parte de nuestro tiempo, las tómbolas ofrecen justo lo contrario: volver a jugar, reír, competir y disfrutar como cuando éramos pequeños. Los participantes juegan, acumulan puntos y los canjean por regalos, creando una dinámica divertida que sorprende a todos. Incluso en cumpleaños o celebraciones privadas ocurre algo inesperado: los invitados terminan llevándose regalos a casa.
Pero detrás de la estética alegre y colorida hay también estrategia, diseño y organización. Cada detalle está pensado para que la experiencia funcione en cualquier tipo de evento: desde celebraciones familiares hasta grandes eventos corporativos. Porque jugar es universal y conecta a personas de todas las edades, culturas y perfiles.
¿Cómo funciona exactamente la Tómbola?
Cuando llegan los invitados, nuestros “caseteros” les entregan una tarjeta personalizada con varios tickets para participar en los juegos.
Cada persona puede probar su habilidad en distintas casetas: pesca de patos, juegos de puntería, equilibrio o desafíos divertidos. Dependiendo de cómo lo hagan, consiguen puntos que luego pueden canjear en una caseta central llena de premios pensados para todas las edades.
Pero lo más especial no son los premios, sino lo que ocurre durante la experiencia: los invitados compiten, se animan entre ellos, hacen equipo, se ríen y celebran cada logro. Durante un rato, todos vuelven a ese momento en el que lo único importante era disfrutar.
Además, hay un detalle muy especial en este proyecto: las tarjetas de juego se preparan con la ayuda de mi hijo Gonzalo (@gonzalotellevaalhuerto), que tiene parálisis cerebral y participa siempre que puede en el proceso.
¿Qué has observado en las empresas que utilizan las tómbolas?
El juego tiene algo extraordinario: iguala a todas las personas.
En un evento corporativo desaparecen las jerarquías. Directivos, empleados y clientes compiten en igualdad de condiciones, se animan entre ellos y comparten momentos espontáneos.
Sin discursos motivacionales, sin dinámicas forzadas y sin presentaciones interminables. Solo juegos sencillos que devuelven a las personas a esa sensación de felicidad que todos recordamos de la infancia.
Las marcas también pueden integrar su identidad visual o su mensaje dentro de la experiencia, pero sin imponerlo. La propia vivencia es la que comunica.
Antes de montar este negocio, ¿a qué te dedicabas?
Durante años tuve mi propia agencia de comunicación y me dedicaba a organizar grandes eventos.
Fue precisamente preparando una de las fiestas más importantes del país cuando decidí que el hilo conductor fuese una feria tradicional. En ese momento entendí algo que cambió mi vida: las tómbolas reparten felicidad en todas direcciones.
Felicidad para el cliente que organiza el evento, para los invitados que lo disfrutan y para el equipo que crea algo diferente. Ahí comprendí que aquello no era solo una idea creativa puntual, sino una verdadera vocación.
¿A qué edad decidiste emprender este negocio?
La primera tómbola nació como una intuición creativa. Pero dedicarme casi por completo a este proyecto fue una decisión consciente que tomé hace diez años.
Lo hice siendo adulta, con experiencia y recorrido profesional. Emprender a cierta edad tiene grandes ventajas: tienes más criterio, intuición y una red de contactos que te ayuda a desarrollar las ideas con mayor seguridad.
Ya no trabajas para demostrar nada, sino para aportar valor. Y eso es muy liberador.
¿Qué ha sido lo más difícil?
Hay temporadas en las que paso tres meses seguidos montando casetas por toda España casi todos los fines de semana. Es un trabajo exigente físicamente y requiere mucha energía.
Pero mientras el cuerpo aguante, seguiré haciéndolo. Porque disfruto cada montaje y porque es emocionante ver cómo se ilumina la mirada de alguien cuando gana puntos o descubre un juego.
Al final, lo que estamos creando son recuerdos. Y eso compensa cualquier esfuerzo.
¿Qué le recomendarías a alguien que quiere emprender?
Que se ponga a ello y que no espere a tener todo perfecto.
Si alguien siente ilusión por una idea y tiene talento para desarrollarla, debería intentarlo. Nunca es tarde para empezar algo nuevo.
Emprender no es solo crear una empresa; es decidir vivir alineado con lo que realmente quieres ser.
Déjanos una moraleja para quien quiera reinventarse
Trabajar en algo que te apasiona es un privilegio enorme. Te da energía, sentido y propósito.
Yo he descubierto que mi trabajo consiste en algo muy sencillo y muy poderoso: repartir felicidad.
Y no hay nada más bonito que dedicar tu vida a eso.



